Nadie muere del todo
  
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No hay historias únicas, sino múltiples miradas. Como le comenta Josefina a su propia hija: En ocasiones me pregunto, ¿cuántas generaciones deben transcurrir para que los muertos en verdad lo estén?, ¿para que podamos continuar nuestra vida como si jamás hubieran existido? Porque morir significa precisamente eso, Amanda, dejar de ser, de existir, pero eso sucede y, al mismo tiempo, no sucede. Aunque sus cuerpos se desmoronen, sean devorados por los gusanos, o se pulvericen incinerados en un crematorio, los muertos siguen ahí, en la mente, en el corazón, como si su espíritu se hubiera amarrado al nuestro para no desaparecer sin remedio. A través de los protagonistas de Nadie muere del todo, Marcela Acle plantea que no hay historias únicas, sino múltiples miradas. En cada suceso participan personas que van dejando en la vida de quienes las rodean huellas que, a pesar del tiempo y de la muerte, continúan estando presentes. Las personas pulen los recuerdos y los disfrazan para hacer su presente llevadero, para desviar culpas o para olvidar que algo se pudo hacer y no se hizo. Padres, hijos, abuelos, esposos, nietos, amigos, mueren, pero no mueren del todo. Están ahí, en la memoria, recordándonos nuestro punto de partida.
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